Nuestras Memorias sobre Leonardo Betancur Taborda
miércoles, 4 de febrero de 2015
Contar con TIC: Cómo citar información de la web social
Contar con TIC: Cómo citar información de la web social: Gracias a Fernando Gabriel Gutiérrez llegamos a la publicación de Julián Marquina en la que explica cómo citar fuentes procedentes de la ...
viernes, 30 de enero de 2015
Dos salubristas y universitarios esenciales: Hèctor Abad y Leonardo Betancur. Por Saùl Franco Agudelo.
Dos salubristas y universitarios esenciales: Hèctor Abad y Leonardo Betancur
Tomado de SALUD
-
ES, Edición especial
Agosto 25 de 1995
domingo, 24 de agosto de 2014
Era muy cálido... Por Benjamìn Cardona Arango
Era muy cálido…
Benjamín Cardona Arango
Medellín, agosto 2014
¿Cómo recuerdas a Leonardo? Le pregunto a
mi hija que fue amiga cercana y compañerita de los hijos de Leo y Cecilia en su edad
temprana. Pasaba fines de semana con ellos. Recuerda la casa grande, con
conejos, con perro y con plantas. Una casa con vida.
Y el recuerdo más vivo es del Leo
cálido. Mi recuerdo también es del
amigo.
Por eso, en el
Colegio Colombo Francés, cuando descubrimos un busto en su Memoria, cantamos
con voz entrecortada: “Cuando un amigo se va queda un espacio vacío que no lo
puede llenar la llegada de otro amigo”.
Una foto en la
prensa, llevando en hombros su cuerpo sin vida, asustó a algunos familiares de
los que pensaban que quien era asesinado, sobre todo si la muerte provenía del
Estado o del para-Estado, como ocurrió
con Leonardo y con Héctor Abad Gómez,
‘por algo sería’.
¡Claro, algo
sería! Eran médicos dedicados a la salud pública, es decir a la salud de los
excluidos, y defendían los Derechos Humanos y se manifestaban “contra la
violencia en todas sus formas, contra la pobreza, la exclusión y la falta de
oportunidades”.
La violencia
patriarcal,que solo existe para mantener la dominación, no soporta tales rebeldías. El patriarcado
no soporta la Biología
del Amor que reivindica Humberto Maturana, como un “reconocimiento del Otro
como legítimo Otro”.
Leonardo Betancur Taborda fue un
varón amoroso. Por eso tenía fuerza para el compromiso personal. Con su amigo
Orlando y con su esposa Cecilia, los tres almas gemelas, se fueron hasta el
Guaviare y el Vaupés. Allí los conocimos haciendo su práctica médica entre los
indígenas y los campesinos, desarraigados de sus tierras en el centro del país
y llevados en aviones de la FAC,
lanzados a la colonización en la selva.
Años más tarde,
iría también a la cárcel, siendo ya profesor universitario, acusado de atender
médicamente a un guerrillero, y se convirtió en el médico de todos los presos
en Bellavista.
“Para ser
plenamente humano, el hombre necesita reanimar su femenino dentro de sí y
reeducar su masculino (...) Este
femenino representa el principio de la vida, de creatividad, de receptividad,
de ternura, de interioridad y de espiritualidad en el hombre y en la mujer. Se
trata, por tanto, de un principio inclusivo y seminal presente en la formación
de la realidad humana, afirma Leonardo Boff. La recuperación del principio
femenino junto al masculino favorece una nueva integridad humana (…) El
principio femenino cura y libera porque se mueve en otro paradigma y obra con
otra lógica. Su paradigma básico es la vida, no el poder; el respeto y la
veneración por la vida no la agresión y la dominación”.
Un tal hombre fue Leonardo.
‘Uno se muere
cuando lo olvidan’, dice el refranero popular. Su temple esforzado por la paz tiene toda la vigencia cuando se ponen al
orden del día los derechos de las víctimas y la esperanza se abre al fin de la
guerra.
“Cuando un amigo se va queda un tizón
encendido que no se puede apagar ni con las aguas de un río“…
miércoles, 20 de agosto de 2014
Mis recuerdos sobre Leonardo Betancur en
San José del Guaviare, 1971-1972 y en Medellín a partir de 1973
María del Carmen Moreno Vélez (Carmenza Moreno)
Bogotá, agosto 2014
En septiembre de 1971 comencé a
conocer a Leonardo Betancur Taborda. Viajábamos
en el vuelo de la “La Urraca ”,
empresa aérea que servía a varias ciudades, particularmente de Los Llanos
Orientales. En esa ocasión tomamos el
vuelo que de Villavicencio nos conducía a San José del Guaviare. Recuerdo que era el médico rural que
esperábamos. Provenía de Medellín, formado como médico cirujano en la Universidad de
Antioquia. Su talla resultaba alta y su aspecto fortachón. También recuerdo que
llevaba el dedo gordo de uno de sus pies, envuelto en gasa muy limpia y en
esparadrapo. Por supuesto, viajaba de sandalias, calzado poco recomendable en
la época, para las condiciones climáticas y semi-selváticas de San José del
Guaviare, casco urbano enclavado en pleno corazón de la Selva amazónica. Hablábamos,
entonces, de la
Comisaría Especial del Vaupés cuya capital era Mitú y contaba
con otros corregimientos como Miraflores y Carurú. No recuerdo otros si los
había.
A la sazón la población de San
José del Guaviare estaba constituida básicamente por indígenas guahibos,
guayaberos, tucanos y por campesinos colonizadores provenientes principalmente
del Meta, de otros “Territorios Nacionales”, del Tolima Grande y del Altiplano
Cundiboyacense. Entre los colonizadores también estaban representados: paisas,
caleños, pobladores del Eje cafetero, pocos
costeños y algunos pastusos. Calculábamos unos cinco mil habitantes en todo el
territorio de San José, El Retorno, La Fuga , y otros poblados
dispersos por las orillas del Río Guaviare. La colonización se impulsaba desde el Gobierno Nacional,
particularmente por la
Reforma Agraria de Lleras Restrepo y, concretamente, por el
Instituto Colombiano de la
Reforma Agraria –Incora-
En el avión comenzamos las
conversaciones que nos permitieron reconocer que ambos habíamos tenido
experiencias de formación social a través de “Campamentos Universitarios”,
organización que agrupaba estudiantes de diferentes instituciones educativas
superiores, quienes manifestaran intereses por conocer la vida de los
campesinos y por asumir compromisos con la transformación social de los más
necesitados de los habitantes rurales. Después supimos que ambos habíamos
pasado, con nuestras inquietudes humanitarias, por “los tugurios de la Carrilera ”, situados
frente a la
Universidad Nacional , Sede Medellín y en estas andanzas
conocimos a “Siete”, un periódico semanal, dirigido por el Cura Vicente Mejía,
que hacía eco de algunas organizaciones sindicales y populares, con denuncias
sobre problemáticas sociales. Teníamos
intereses por comprometernos con las causas sociales.
Leonardo, por supuesto,
tenía mucha más experiencia en el conocimiento de las situaciones
socio-marginales de la urbe y su condición de estudiante de medicina, su
experiencia e intereses científicos y políticos, le permitían análisis
comprometidos y nos ayudaba con sus debates y criterios a comprender diferentes
problemáticas que enfrentábamos en nuestra condición de “misioneros”. Yo pertenecía, por aquellas calendas, a los
grupos laicos con los que Monseñor Gerardo Valencia Cano, Obispo de
Buenaventura y Monseñor Belarmino Correa Yepes, Vicario Apostólico de Mitú,
querían apoyar la Obra
Misionera en sus respectivas Diócesis y Vicariatos. Estos obispos habían asumido compromisos
políticos con la Teología
de la Liberación
y pertenecían, con muchos otros miembros de la Iglesia Católica ,
al Grupo denominado Golconda. Se evidenciaba en sus prédicas, algún
reconocimiento por la validez del compromiso del Cura Camilo Torres, sin que
ello les exigiera una militancia política en favor de los grupos armados.
Simplemente predicaban a la luz de la Teología de la Liberación. Me
había retirado del segundo año aprobado, de la Facultad de Trabajo
Social de la
Universidad Pontificia Bolivariana, para “optar por los más
pobres”.
“El Hacha”
Entre nuestras labores
misioneras comprometidas con los pobres,
teníamos una publicación semanal, impresa en mimeógrafo, que se denominaba “El
Hacha” en la cual denunciábamos las injusticias sociales y opinábamos, muchas
veces confrontando las realidades con algunos predicamentos de los Evangelios o
de la Teología
de la Liberación.
Entre los dirigentes de la Obra Pastoral , se
destacaban los sacerdotes Gustavo Yepes Correa párroco de San José del
Guaviare, Jesús María Ortiz, quien era el cura en El Retorno, Benjamín Cardona
Arango, cura de El Barrancón, poblado de unos 100 habitantes, indígenas
guayaberos, donde vivíamos compartiendo
un rancho con Benjamín y Ángela Cardona Arango. Entre los seglares estábamos
John Sierra Lopera, Ángela Cardona y yo. Varios de nosotros escribíamos los
artículos para “El Hacha” y prontamente fuimos objeto de a la visión con
criterios de justicia social, por parte de los médicos Leonardo Betancur y Orlando Loaiza, Médico de Miraflores. Y más
adelante, a partir de enero del 72, de la médica María Cecilia Alzate, esposa
de Leonardo. Ellos contrajeron matrimonio en diciembre del 71 y ambos prestaron
servicios profesionales en San José del Guaviare y en Puerto Inírida.
Ellos también nos enseñaron a
corregir errores de escritura y nos indicaron la importancia de utilizar
fuentes objetivas de información para que cada vez cimentáramos las opiniones
con criterios diferentes a los de “la fe del carbonero” que básicamente conduce
a posiciones sectarias. Con Leo, Cecilia y Orlando aprendimos a debatir con
respeto y a buscar elementos de concertación con quienes piensan diferente.
Ellos apreciaban valores en posiciones diferentes y nos ayudaron a entender y
aceptar las divergencias. Por supuesto, nos abrieron panoramas luminosos sobre
la concertación. Con sus frecuentes y pertinentes preguntas, nos enseñaron a
indagar y nos ayudaron a cuestionar, no sólo a los individuos, entidades,
valores con los que interactuábamos, sino, especialmente, a nuestros propios
procederes y saberes. La autocrítica era
una de sus actitudes permanentes y fuente de enseñanzas frecuentes, desde las
prácticas individuales y grupales.Según los debates, debíamos profundizar en
los argumentos, en lugar de quedarnos en las prédicas de las verdades
establecidas desde nuestra mera opinión y compromiso cristiano.Leonardo,
prontamente, nos organizó en grupo de estudio y trabajo en el que podíamos
conversar sobre las líneas editoriales de “El Hacha”. Uno de los primeros resultados de estas
críticas fue el cambio del cabezote del “periódico”.
Leo: Agricultor, protector de animales,
laborioso en el mantenimiento físico del hospital y de los espacios en los que
vivía, trabajaba, estudiaba y disfrutaba.
Leo fue un hombre ordenado,
meticuloso, cuidadoso, limpio, respetuoso de los espacios de los demás y
exigente en el orden y el mantenimiento, cuando compartíamos áreas de trabajo y
debate, como eran, por ejemplo, las reducidas zonas que nos brindaban en la Casa Cural de San José del Guaviare, para producir y
reproducir “El Hacha”, en un mimeógrafo artesanal, a la luz de velas y lámparas
de mechón a base de aceite y kerosene.
En este orden de ideas, Leonardo
no solamente arreglaba su consultorio sino que también, con Cecilia y Orlando, trataban de persuadir, desde
el ejemplo, para que los otros funcionarios del Servicio de Salud mantuvieran
las áreas de atención a los pacientes en orden y aseo. Esta labor fue más
difícil, pues no existía la disciplina del respeto hacia los indígenas y
campesinos y poco se les reconocían como sujetos de derechos a la salud.
Promovía y participaba en mingas o convites para la limpieza de los patios del
hospital que prontamente fueron habilitados como espacios productores de
algunas hortalizas. Tras las labores agrícolas que realizaba en los tiempos
libres que le dejaban la atención de los pacientes y de las necesidades
administrativas del Servicio, también se apersonaba de la crianza y cuidado de
algunos animales domésticos y de la observación, atención y prevención de los
peligros que traían los ofidios y los animales ponzoñosos. No escatimaba esfuerzos
para controlar plagas de cucarachas, moscos y zancudos. No cejaba ante
la vigilancia de todo tipo de piojos y, en general, de los insectos que afectan la
salud. Tanto como a las plantas, también
cuidaba a los animales domésticos. Especialmente recuerdo su dedicación a la
cría de conejos y al cuidado de perros, pollos, guacamayos y hasta monos que habitaban los solares
selváticos que entonces todavía eran frecuentes en San José del Guaviare.
Aprovechando recursos humanos…
A pocos días de su llegada a San
José del Guaviare, el Doctor Betancur
promovió la idea de que yo fuera al Hospital San Antonio, ubicado en
Villavicencio, para que, bajo la dirección del Doctor Aldemar Acosta, fuera
entrenada en el reconocimiento y manejo de la TBC, epidemia que afectaba a
muchos indígenas habitantes de las orillas del Río Guaviare. En ese
entrenamiento nos enseñaron a tomar las muestras, aprendimos a hacer las
baciloscopias en esputo, básicas para “diagnosticar” el grado de afectación
individual de la enfermedad y a suministrar Myambutol y Tiamina. Me enseñó a
inyectar cuando prescribía algunas inyecciones para los indígenas de Barrancón
y siempre nos mantuvo alerta para que contribuyéramos con el control de los
focos de diferentes infecciones.
Promotores de la atención en
salud y del reconocimiento de saberes diferentes ancestrales
Leonardo, Cecilia y Orlando,
fueron los primeros médicos en registrar estadísticas hospitalarias y de
atención en salud, en El Vaupés. Ellos elaboraron el Primer Informe que
presentó la Dirección de Salud de la Comisaría
Especial del Vaupés, ante el Ministerio de Salud, en Bogotá. A partir de sus aportes, lograron que se
reconociera, para el Vaupés, la necesidad de implementar programas de Ley, como
la Atención Materno-Infantil, y los que estaban relacionados con vacunación,
desparasitación y controles de plagas que ya se desarrollaba en otras entidades
como el Servicio Seccional de Salud de Antioquia. De sus informes y propuestas
se deriva la aplicación y ejecución de políticas de salud para todos los entonces
denominados Territorios Nacionales.
En la segunda página de “El
Hacha” del 10 de octubre de 1971, hay un registro que informa que el médico
Leonardo Betancur estuvo prestando servicios en El Retorno durante 20 días,
pero que la inexistencia de recursos instrumentales, locales y de droguería
dificultó su ejercicio profesional. Después pasó a San José del Guaviare a
remplazar al médico saliente del Servicio. Entre las limitantes del Hospital de
San José se enlistan los deterioros físicos, la carencia de personal paramédico
suficiente. Leonardo asumió la Dirección y emprendió, personalmente, obras de
recuperación que iban desde la jardinería hasta la reconstrucción de techos,
paredes, camas, botiquines.
Respetuoso de los valores culturales, se preocupó por reconocer
prácticas que se habían consolidado y tal como reconoció las posibilidades
de ayudar a la formación de las
comadronas y el personal tradicional que atendía los partos y los primeros
auxilios, así mismo nos enseñó a respetar y valorar las prácticas que
tributaran al mejoramiento de la salud y al bienestar de los indígenas y
campesinos. Sus recomendaciones frecuentes sobre el tratamiento del agua, las
basuras, las excretas, los focos de zancudos y demás medidas preventivas,
siempre estuvieron acompañadas de su
ejemplo y de demostraciones prácticas.
A fines de enero de 1972, yo salí
de Barrancón, en el Guaviare y me fui a buscar nuevas experiencias en
Berruecos, Nariño. En esa época murió Monseñor Gerardo Valencia Cano y busqué
recursos para ir a Buenaventura, a las exequias. Entonces encontré parte de mi
familia y me devolví con algunos amigos para Medellín. Comencé a estudiar
sociología en la Autónoma y hacia julio volví a conectarme con Leonardo y
Cecilia que ya tenían un consultorio en un barrio más o menos popular de
Medellín. Nos visitábamos poco, pero nos
admirábamos y yo particularmente cobré más afecto hacia la familia, a partir
del nacimiento de Ana María, su hija mayor.
Después, hacia 1974, yo me
vinculé a la “Campaña de Bolchevización Libardo Mora Toro” y en ese
emprendimiento que me llevó a Uraba´, conocí a Argelia y me re-encontré con
José Obdulio Gaviria y con Gilberto, a quien afectuosamente le decía “mi
hermano”. En este emprendimiento estuve más o menos sola, tratando de cultivar
los predicamentos de la “Revolución cultural” de Mao-Tse-Tung y buscando
razones para defender los proyectos
armados del EPL. No supe cómo, aunque sí
sé cuándo, se dio una reunión en Medellín, de la que salieron varias
fracciones, entre ellas, La Tendencia Socialista Marxista Leninista. Argelia y
José Obdulio que asistieron a esa II Conferencia del P.C de C. M-L. Desde Medellín, comentaron en
qué situaciones estábamos los que quedamos en Urabá. La clandestinidad en la que vivíamos no me permitió conocer o reconocer a otros militantes. En noviembre de 1974 fui
retenida en La Maporita, al lado de otros simpatizantes de nuestra causa.
Leonardo ya había preguntado por mí a mi familia y a otros amigos comunes. Nadie sabía dónde
estaba yo y mi familia indagaba por mí a través de los amigos comunes en El
Vaupés y de mi hermana comprometida con
ideas similares. Ella tampoco tenía cómo dar razones de mi existencia. Entiendo que Argelia le comentó a Leonardo dónde y cómo estaba yo.
De estas búsquedas comunes, nació
la amistad y el reconocimiento entre mi mamá y Leonardo, ya que ella lo llamaba
a consultarle, inicialmente sus dolencias físicas y a poco tiempo las de sus
primas y amigas. Leonardo, por supuesto, las atendía y ellas lo veneraban.
En marzo del 75, Leonardo y
Argelia me enviaron una carta con $500.oo y la recomendación de que volviera a
Medellín a seguir estudiando. Leonardo me propició la atención odontológica y oftalmológica que requería. Así reingresé a la Autónoma y renuncié a todo
tipo de militancias. Ni siquiera, a instancias de José Obdulio, quise
participar en FIRMES, aunque sí estuve activa en la campaña electoral de apoyo
a Socorro Ramírez, pero solamente por unos meses.
Desde esta situación me vinculé a “La
Pulguita” como jardinera infantil y, por
supuesto, volví a contactarme con Leonardo y Cecilia, ya a través de otros
vínculos familiares, cuales eran la atención a Ana María y a David Alonso y el
afecto que me ligaba a ellos.Yo ya vivía con las hermanas Londoño Vélez cuando
nos sucedió lo más doloroso: Detuvieron a Leonardo y a Cecilia, en una
madrugada, creo que de septiembre, del 79… ¡Era consecuencia del Estatuto de
Seguridad de Turbay Ayala! Pude volver a ver ocasionalmente a Ana María, David
Alonso y a Alejo. Lloramos nuestras lágrimas.
El regalo más grande que recibí
de Leonardo y Cecilia, fue su permiso para que Ana María, en compañía de su
prima Gloria y de nuestra común amiguita de la época, Claudia Beatriz Cardona,
me visitaran en unas cortas vacaciones en la Isla de San Andrés. Fue un año
antes de que asesinaran a Leo.
Fuentes:
Además de la misma vida compartida, pude consultar diferentes fuentes de información a través de Internet.
Loaiza Ramírez,Orlando. Médico
Otorrinolaringólogo. Leonardo Betancur Taborda: Semblanza. Un
defensor de la Salud Pública.
Visitado el 1 de marzo de 2014
EN:
http://asmedasantioquia.org/momento_medico/edicion_79/leonardo_betancur.htm
Loaiza Ramírez, Orlando. 2012. El Legado de Leonardo Betancur Taborda
(1946. 1987) EN: Agenda Cultural
Alma Mater. Universidad de Antioquia.
No. 190. Agosto de 2012. ISBN 0124-0854.
Visitado el 2 de marzo del 2014 EN:
Franco Agudelo Saúl .Dos salubristas y universitarios esenciales:
Héctor Abad Gómez y Leonardo Betancur. EN: Agenda Cultural. Alma Mater.
Universidad de Antioquia.
ISBN 0124-0854. No. 135. Agosto
del 2007.
http://aprendeenlinea.udea.edu.co/revistas/index.php/almamater/article/viewFile/13924/12332
sábado, 16 de agosto de 2014
LEONARDO BETANCUR TABORDA:
MÉDICO CIRUJANO Y SALUBRISTA
DEFENSOR DE DERECHOS HUMANOS
John Sierra Lopera,
Villavicencio, agosto 2014
Leonardo fue una de las personas para quienes, hasta morir se convierte en una manera de vivir y la juventud la perdieron, junto con la vida, en una emboscada hartera de la intolerancia humana.Villavicencio, agosto 2014
Al mismo tiempo que se graduó cómo Médico Cirujano en la Universidad de Antioquia, se iban fortaleciendo y madurando sus convicciones socialistas y con ellas llegó a San José del Guaviare, un corregimiento del Gran Vaupés, “tierra brava de la selva y el raudal”, a comienzos de los años setenta; y con sus conocimientos médicos y su compromiso de servicio y solidaridad humana curó las dolencias de campesinos empobrecidos y se unió a sus organizaciones para concientizarlos de que sus paludismos, sus tuberculosis, sus dolencias gastrointestinales, sus hambres, las muertes prematuras de sus hijos; eran la consecuencia de un derecho a la salud alienado o negado o robado o simplemente desatendido. . .
En la década de los setenta, como nunca en Colombia, se sintió y se tomó conciencia de que el sistema económico capitalista acrecía las desigualdades y ahondaba las injusticias entre el pueblo. . . Por eso, Leonardo, Cecilia Alzate y Orlando Loaiza desde Miraflores en el Vaupés, hicieron cuerpo de solidaridad con los indios y con los campesinos colonos, quienes encontraron en el médico Leo y sus compañeros-colegas, manos tendidas para curar y para mostrar por donde iba el camino de la liberación de las cargas opresivas que los apabullaban, tanto a indios como a colonos campesinos. Camino que no era otro que la toma de conciencia sobre los derechos humanos.
El Guaviare al que llegó Leonardo en septiembre de 1971 y dos meses después Cecilia era un hervidero de ilusiones de miles de campesinos pobres que llegaban de toda Colombia a seguir siendo campesinos pero halagados con un pedazo de tierra propia, que le irían arrebatando a la selva agreste para sembrar comida y criar animales, mientras iban levantando su familia. En el inventario de los bienes sociales de los colonos estaban, en primer lugar, la audacia de los hombres y la fortaleza de las mujeres; de ambos eran la generosidad y la dedicación al trabajo. El Guaviare y el Vaupés eran también, moradas de la frustración de un puñado de siringueros, de balateros, de pescadores de babillas, de tigrilleros y cacaoteros que habían consumido sus años aislados y olvidados de Colombia y sobreviviendo a mil penalidades; y a quienes solo les quedaba la herencia de la pobreza y el abandono indolente del estado colombiano. Esta región era el escondite de los herederos del Capitán Dumar Aljure, quienes buscaban esconder su pasado en la selva y en el rio, y de los cuales algunos habían devenido en funcionarios regionales. . . San José del Guaviare era la tierra de los Indios Guayaberos, a quienes les había tocado volver a correr a otro sitio porque el suyo no lo querían compartir con el “blanco” embustero, engañoso, explotador y codicioso, dejando para el recuerdo, en el puerto, unos árboles de mangos ya viejos que a nadie le negaban su sombra y a todos le contaban la historia de que allí los Guayaberos quemaron sus ranchos antes de mudarse a Barrancón para dejarle libre el espacio al hombre blanco y que construyera allí sus casas y formara allí su pueblo.
San José del Guaviare y Miraflores, donde todavía estaba fresco el rastro de la Rubber que traía a la memoria la historia del caucho y las caucherías con los horrores inenarrables del etnocidio que padecieron los pueblos indígenas amazónicos. Por los ríos Guaviare y Vaupés venían comenzando a caminar unos misioneros contestatarios y solidarios y comprometidos con la causa de los pobres. . .
Eran pueblos de calles sin hacer, un hospital a medio hacer, sin acueducto ni alcantarillado, sin medios de comunicación, sin señal de televisión, sin carreteras; todo en ciernes. Ni siquiera la coca había acabado de llegar, pero contaban que por el Río Guayabero ya estaba apareciendo la marihuana. Eran corregimientos manejados desde Mitú, a dos horas San José y a una hora Miraflores de vuelo en avión, a los que apenas les llegaban migajas de recursos presupuestales que no alcanzaban para atender a nada y a nadie, a no ser a los eternos contratistas de la trocha San José – Calamar; contratos que todos los años lo adjudicaban y todos los años se lo robaban, igual que los contratos del ICCE para las construcciones escolares. . . Pero se estaban gestando las organizaciones populares: que los “usuarios campesinos”, que el “sindicato de trabajadores”, que “la cooperativa del Retorno”, que la “Unión Femenina”, que “el costurero popular”, que “las juntas veredales”, . . . y “El Hacha” y “El Yagé” que se hacían voceros del nacimiento de un pueblo decidido a reclamar derechos junto a “La Voz de la Selva”, que desde El Retorno levantaba su voz para todos los campesinos, informando, denunciando, instruyendo, concientizando, invitando a la organización del campesinado.
Puesto en orden el programa de trabajo médico para su año rural, Leo, Cecilia y Orlando, después de escuchar al equipo de trabajo y a la comunidad, y de haber hecho el inventario de las herramientas que el hospital les ofrecía para hacer la tarea de salud en la región, animosos se subían a los tractores para visitar a los colonos de las trochas, a los campesinas abrumadas de deberes que empezaban a descubrir sus derechos y se animaban por las organizaciones femeninas; o se embarcaba en un bongo para llegar a los caseríos de los indios; y en el mismo maletín cargaban el estetoscopio, el fonendoscopio, el bisturí, todo el botiquín de primeros auxilios, el aralén para el paludismo, los tratamientos para la TBC y los consejos para mostrar los caminos libertarios.
Rápido la comunidad campesina se identificó con el Médico Leo y su equipo de trabajo: todos éramos un pozo de sueños, de generosidades, de solidaridades, de servicio, de optimismo, de inquietudes sociales. . .
Pronto, Leo se dio cuenta de que la distancia cultural con los indios era astronómica y que los actores “blancos” que trabajábamos con ellos apenas estábamos escudriñando en su cultura, en la Antropología y en la Historia la forma más adecuada y más respetuosa de relacionarnos y convivir con ellos; por eso, mientras tanto, los educadores y los promotores sociales solo debíamos hacer entre la comunidad indígena “trabajo de campo” e intercambio de saberes, colaborando con solidaridad en los trabajos de salubridad y de saneamiento que señalaba el equipo médico, en acuerdo con la autoridad tradicional, el payé. . . Acompañar, observar, preguntar, auscultar en sus tradiciones, leer mucho, escribir mucho, participar mucho. . .
A los indios se les había prohibido la memoria y las costumbres y eso había que resarcirlo, como el primero de sus derechos, decía el testamento espiritual del Médico Leo. Era la salubridad que ellos ofrecían para el alma del indio; como era para sus cuerpos hablarles de las bondades del agua potable y enseñarles a manejar los filtros artesanales de los que se les dotaba; dialogar sobre el aseo personal y el comunal y la mejor disposición de excretas de todo tipo, que se convertían en criaderos de insectos transmisores de infecciones intestinales y el temido paludismo. Con el Capitán y el Payé formaban un pequeño comité de salud que hiciera de comunicación entre la comunidad y los médicos, mientras se hacía lo posible para que los “blancos” respetaran sus tierras que garantizarían los cultivos en sus tradicionales conucos rotativos, de modo que tuvieran comida permanente para espantar el hambre. Así estos médicos dejaban sembrada en la comunidad la semilla de la organización para la defensa de los derechos de los indios, los colonos y los campesinos habitantes de los reíos Guayabero, Ariari, Guaviare y Vaupés.
De su mismo testamento espiritual son sus sueños de justicia, su sueño de un mundo más humano, mediante el reconocimiento de todos los derechos del pueblo. “Nuestro destino es pelear por un sueño”, decía, y el de él eran los derechos humanos, y en todo momento lo andaba contagiando. . . Leonardo siempre fue consciente de que la divergencia señalaba, estigmatizaba, condenaba y al fin ponía en peligro permanente la vida. Anunciar los derechos que el pueblo tiene es una zalamería de politiqueros, pero para quien nace con vocación de servicio es un compromiso ineludible. A Leonardo lo maravillaban las posibilidades que tenía la salud pública para el pueblo, para la gente común y lo lastimaba el abandono del estado en el sector. Lo entusiasmaba y llenaba de optimismo encontrarse con un grupo de campesinos colonos en formación de comunidad y consolidando sus organizaciones y lo frustraba la voracidad de los funcionarios para apropiarse de los recursos de la salud y la educación. . .
“Los espejos están llenos de gente:
Los invisibles, nos ven;
Los olvidados, nos recuerdan.
Cuando nos vemos, los vemos. . .
Cuando nos vamos, ¿ se van ? ”. . .
Este pedacito de recuerdo lo traigo copiado de Eduardo Galeano Espejos Una historia casi universal, para que nunca se vaya de nosotros la memoria de Leonardo y se siga fortaleciendo la lucha del pueblo por los derechos humanos. Los campesinos colonos y los indios del Guaviare y del Vaupés agradecieron su trabajo y su compromiso, y sintieron su solidaridad como una caricia en el corazón.
jueves, 3 de julio de 2014
Generalidades
Leonardo Betancur Taborda
Titiribí, Antioquia, 13 de febrero de 1946 – Medellín, 25 de agosto de 1987. Reconocido líder natural, recibió los títulos de Médico Cirujano de la Universidad de Antioquia, -Medellín- el 2 de julio de 1971 y de Magíster en Salud Pública, 12 de diciembre de 1973.
Defensor de los Derechos Humanos, participó en la organización de varios procesos, entidades y eventos relacionados con:
- la participación política democrática,
- la atención de diferentes poblaciones a través de la educación en salud pública,
- la promoción de los Derechos Humanos, especialmente los relacionados con la salud y la educación.
Denunció diferentes formas de violencia, especialmente las vividas en Medellín entre 1970 y 1987, causadas por diferentes intereses políticos, económicos, e incluso, criminales como las consecuentes con la corrupción política y el narcotráfico.
Esposo de la ginecóloga María Cecilia Alzate, con quien formó la familia compuesta por la pareja y los hijos Ana María, David Alonso y Alejandro. Su casa siempre estuvo abierta a muchas amistades, a quienes recibieron con amigos, problemas, soluciones.
Trabajador incansable, cuidó ordenadamente animales, habitaciones, lugares de trabajo y, especialmente cultivó las relaciones éticas con pacientes, amigos, colaboradores. Se constituye en un ejemplo a seguir, desde la vida hogareña cotidiana hasta la vida pública, comprometida con el ejercicio profesional y, sobre todo, con la defensa de los Derechos Humanos.
Titiribí, Antioquia, 13 de febrero de 1946 – Medellín, 25 de agosto de 1987. Reconocido líder natural, recibió los títulos de Médico Cirujano de la Universidad de Antioquia, -Medellín- el 2 de julio de 1971 y de Magíster en Salud Pública, 12 de diciembre de 1973.
Defensor de los Derechos Humanos, participó en la organización de varios procesos, entidades y eventos relacionados con:
- la participación política democrática,
- la atención de diferentes poblaciones a través de la educación en salud pública,
- la promoción de los Derechos Humanos, especialmente los relacionados con la salud y la educación.
Denunció diferentes formas de violencia, especialmente las vividas en Medellín entre 1970 y 1987, causadas por diferentes intereses políticos, económicos, e incluso, criminales como las consecuentes con la corrupción política y el narcotráfico.
Esposo de la ginecóloga María Cecilia Alzate, con quien formó la familia compuesta por la pareja y los hijos Ana María, David Alonso y Alejandro. Su casa siempre estuvo abierta a muchas amistades, a quienes recibieron con amigos, problemas, soluciones.
Trabajador incansable, cuidó ordenadamente animales, habitaciones, lugares de trabajo y, especialmente cultivó las relaciones éticas con pacientes, amigos, colaboradores. Se constituye en un ejemplo a seguir, desde la vida hogareña cotidiana hasta la vida pública, comprometida con el ejercicio profesional y, sobre todo, con la defensa de los Derechos Humanos.
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