LEONARDO BETANCUR TABORDA:
MÉDICO CIRUJANO Y SALUBRISTA
DEFENSOR DE DERECHOS HUMANOS
John Sierra Lopera,
Villavicencio, agosto 2014
Leonardo fue una de las personas para quienes, hasta morir se convierte en una manera de vivir y la juventud la perdieron, junto con la vida, en una emboscada hartera de la intolerancia humana.Villavicencio, agosto 2014
Al mismo tiempo que se graduó cómo Médico Cirujano en la Universidad de Antioquia, se iban fortaleciendo y madurando sus convicciones socialistas y con ellas llegó a San José del Guaviare, un corregimiento del Gran Vaupés, “tierra brava de la selva y el raudal”, a comienzos de los años setenta; y con sus conocimientos médicos y su compromiso de servicio y solidaridad humana curó las dolencias de campesinos empobrecidos y se unió a sus organizaciones para concientizarlos de que sus paludismos, sus tuberculosis, sus dolencias gastrointestinales, sus hambres, las muertes prematuras de sus hijos; eran la consecuencia de un derecho a la salud alienado o negado o robado o simplemente desatendido. . .
En la década de los setenta, como nunca en Colombia, se sintió y se tomó conciencia de que el sistema económico capitalista acrecía las desigualdades y ahondaba las injusticias entre el pueblo. . . Por eso, Leonardo, Cecilia Alzate y Orlando Loaiza desde Miraflores en el Vaupés, hicieron cuerpo de solidaridad con los indios y con los campesinos colonos, quienes encontraron en el médico Leo y sus compañeros-colegas, manos tendidas para curar y para mostrar por donde iba el camino de la liberación de las cargas opresivas que los apabullaban, tanto a indios como a colonos campesinos. Camino que no era otro que la toma de conciencia sobre los derechos humanos.
El Guaviare al que llegó Leonardo en septiembre de 1971 y dos meses después Cecilia era un hervidero de ilusiones de miles de campesinos pobres que llegaban de toda Colombia a seguir siendo campesinos pero halagados con un pedazo de tierra propia, que le irían arrebatando a la selva agreste para sembrar comida y criar animales, mientras iban levantando su familia. En el inventario de los bienes sociales de los colonos estaban, en primer lugar, la audacia de los hombres y la fortaleza de las mujeres; de ambos eran la generosidad y la dedicación al trabajo. El Guaviare y el Vaupés eran también, moradas de la frustración de un puñado de siringueros, de balateros, de pescadores de babillas, de tigrilleros y cacaoteros que habían consumido sus años aislados y olvidados de Colombia y sobreviviendo a mil penalidades; y a quienes solo les quedaba la herencia de la pobreza y el abandono indolente del estado colombiano. Esta región era el escondite de los herederos del Capitán Dumar Aljure, quienes buscaban esconder su pasado en la selva y en el rio, y de los cuales algunos habían devenido en funcionarios regionales. . . San José del Guaviare era la tierra de los Indios Guayaberos, a quienes les había tocado volver a correr a otro sitio porque el suyo no lo querían compartir con el “blanco” embustero, engañoso, explotador y codicioso, dejando para el recuerdo, en el puerto, unos árboles de mangos ya viejos que a nadie le negaban su sombra y a todos le contaban la historia de que allí los Guayaberos quemaron sus ranchos antes de mudarse a Barrancón para dejarle libre el espacio al hombre blanco y que construyera allí sus casas y formara allí su pueblo.
San José del Guaviare y Miraflores, donde todavía estaba fresco el rastro de la Rubber que traía a la memoria la historia del caucho y las caucherías con los horrores inenarrables del etnocidio que padecieron los pueblos indígenas amazónicos. Por los ríos Guaviare y Vaupés venían comenzando a caminar unos misioneros contestatarios y solidarios y comprometidos con la causa de los pobres. . .
Eran pueblos de calles sin hacer, un hospital a medio hacer, sin acueducto ni alcantarillado, sin medios de comunicación, sin señal de televisión, sin carreteras; todo en ciernes. Ni siquiera la coca había acabado de llegar, pero contaban que por el Río Guayabero ya estaba apareciendo la marihuana. Eran corregimientos manejados desde Mitú, a dos horas San José y a una hora Miraflores de vuelo en avión, a los que apenas les llegaban migajas de recursos presupuestales que no alcanzaban para atender a nada y a nadie, a no ser a los eternos contratistas de la trocha San José – Calamar; contratos que todos los años lo adjudicaban y todos los años se lo robaban, igual que los contratos del ICCE para las construcciones escolares. . . Pero se estaban gestando las organizaciones populares: que los “usuarios campesinos”, que el “sindicato de trabajadores”, que “la cooperativa del Retorno”, que la “Unión Femenina”, que “el costurero popular”, que “las juntas veredales”, . . . y “El Hacha” y “El Yagé” que se hacían voceros del nacimiento de un pueblo decidido a reclamar derechos junto a “La Voz de la Selva”, que desde El Retorno levantaba su voz para todos los campesinos, informando, denunciando, instruyendo, concientizando, invitando a la organización del campesinado.
Puesto en orden el programa de trabajo médico para su año rural, Leo, Cecilia y Orlando, después de escuchar al equipo de trabajo y a la comunidad, y de haber hecho el inventario de las herramientas que el hospital les ofrecía para hacer la tarea de salud en la región, animosos se subían a los tractores para visitar a los colonos de las trochas, a los campesinas abrumadas de deberes que empezaban a descubrir sus derechos y se animaban por las organizaciones femeninas; o se embarcaba en un bongo para llegar a los caseríos de los indios; y en el mismo maletín cargaban el estetoscopio, el fonendoscopio, el bisturí, todo el botiquín de primeros auxilios, el aralén para el paludismo, los tratamientos para la TBC y los consejos para mostrar los caminos libertarios.
Rápido la comunidad campesina se identificó con el Médico Leo y su equipo de trabajo: todos éramos un pozo de sueños, de generosidades, de solidaridades, de servicio, de optimismo, de inquietudes sociales. . .
Pronto, Leo se dio cuenta de que la distancia cultural con los indios era astronómica y que los actores “blancos” que trabajábamos con ellos apenas estábamos escudriñando en su cultura, en la Antropología y en la Historia la forma más adecuada y más respetuosa de relacionarnos y convivir con ellos; por eso, mientras tanto, los educadores y los promotores sociales solo debíamos hacer entre la comunidad indígena “trabajo de campo” e intercambio de saberes, colaborando con solidaridad en los trabajos de salubridad y de saneamiento que señalaba el equipo médico, en acuerdo con la autoridad tradicional, el payé. . . Acompañar, observar, preguntar, auscultar en sus tradiciones, leer mucho, escribir mucho, participar mucho. . .
A los indios se les había prohibido la memoria y las costumbres y eso había que resarcirlo, como el primero de sus derechos, decía el testamento espiritual del Médico Leo. Era la salubridad que ellos ofrecían para el alma del indio; como era para sus cuerpos hablarles de las bondades del agua potable y enseñarles a manejar los filtros artesanales de los que se les dotaba; dialogar sobre el aseo personal y el comunal y la mejor disposición de excretas de todo tipo, que se convertían en criaderos de insectos transmisores de infecciones intestinales y el temido paludismo. Con el Capitán y el Payé formaban un pequeño comité de salud que hiciera de comunicación entre la comunidad y los médicos, mientras se hacía lo posible para que los “blancos” respetaran sus tierras que garantizarían los cultivos en sus tradicionales conucos rotativos, de modo que tuvieran comida permanente para espantar el hambre. Así estos médicos dejaban sembrada en la comunidad la semilla de la organización para la defensa de los derechos de los indios, los colonos y los campesinos habitantes de los reíos Guayabero, Ariari, Guaviare y Vaupés.
De su mismo testamento espiritual son sus sueños de justicia, su sueño de un mundo más humano, mediante el reconocimiento de todos los derechos del pueblo. “Nuestro destino es pelear por un sueño”, decía, y el de él eran los derechos humanos, y en todo momento lo andaba contagiando. . . Leonardo siempre fue consciente de que la divergencia señalaba, estigmatizaba, condenaba y al fin ponía en peligro permanente la vida. Anunciar los derechos que el pueblo tiene es una zalamería de politiqueros, pero para quien nace con vocación de servicio es un compromiso ineludible. A Leonardo lo maravillaban las posibilidades que tenía la salud pública para el pueblo, para la gente común y lo lastimaba el abandono del estado en el sector. Lo entusiasmaba y llenaba de optimismo encontrarse con un grupo de campesinos colonos en formación de comunidad y consolidando sus organizaciones y lo frustraba la voracidad de los funcionarios para apropiarse de los recursos de la salud y la educación. . .
“Los espejos están llenos de gente:
Los invisibles, nos ven;
Los olvidados, nos recuerdan.
Cuando nos vemos, los vemos. . .
Cuando nos vamos, ¿ se van ? ”. . .
Este pedacito de recuerdo lo traigo copiado de Eduardo Galeano Espejos Una historia casi universal, para que nunca se vaya de nosotros la memoria de Leonardo y se siga fortaleciendo la lucha del pueblo por los derechos humanos. Los campesinos colonos y los indios del Guaviare y del Vaupés agradecieron su trabajo y su compromiso, y sintieron su solidaridad como una caricia en el corazón.

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