miércoles, 20 de agosto de 2014


Mis recuerdos sobre Leonardo Betancur en
San José del Guaviare, 1971-1972 y en Medellín a partir de 1973



María del Carmen Moreno Vélez (Carmenza Moreno)
Bogotá, agosto 2014


En septiembre de 1971 comencé a conocer a Leonardo Betancur Taborda.  Viajábamos en el vuelo de la “La Urraca”, empresa aérea que servía a varias ciudades, particularmente de Los Llanos Orientales. En esa  ocasión tomamos el vuelo que de Villavicencio nos conducía a San José del Guaviare.  Recuerdo que era el médico rural que esperábamos. Provenía de Medellín, formado como médico cirujano en la Universidad de Antioquia. Su talla resultaba alta y su aspecto fortachón. También recuerdo que llevaba el dedo gordo de uno de sus pies, envuelto en gasa muy limpia y en esparadrapo. Por supuesto, viajaba de sandalias, calzado poco recomendable en la época, para las condiciones climáticas y semi-selváticas de San José del Guaviare, casco urbano enclavado en pleno corazón de la Selva amazónica. Hablábamos, entonces, de la Comisaría Especial del Vaupés cuya capital era Mitú y contaba con otros corregimientos como Miraflores y Carurú. No recuerdo otros si los había.

A la sazón la población de San José del Guaviare estaba constituida básicamente por indígenas guahibos, guayaberos, tucanos y por campesinos colonizadores provenientes principalmente del Meta, de otros “Territorios Nacionales”, del Tolima Grande y del Altiplano Cundiboyacense. Entre los colonizadores también estaban representados: paisas, caleños,  pobladores del Eje cafetero, pocos costeños y algunos pastusos. Calculábamos unos cinco mil habitantes en todo el territorio de San José, El  Retorno, La Fuga, y otros poblados dispersos por las orillas del Río Guaviare. La colonización se  impulsaba desde el Gobierno Nacional, particularmente por la Reforma Agraria de Lleras Restrepo y, concretamente, por el Instituto Colombiano de la Reforma Agraria –Incora-

En el avión comenzamos las conversaciones que nos permitieron reconocer que ambos habíamos tenido experiencias de formación social a través de “Campamentos Universitarios”, organización que agrupaba estudiantes de diferentes instituciones educativas superiores, quienes manifestaran intereses por conocer la vida de los campesinos y por asumir compromisos con la transformación social de los más necesitados de los habitantes rurales. Después supimos que ambos habíamos pasado, con nuestras inquietudes humanitarias, por “los tugurios de la Carrilera”, situados frente a la Universidad Nacional, Sede Medellín y en estas andanzas conocimos a “Siete”, un periódico semanal, dirigido por el Cura Vicente Mejía, que hacía eco de algunas organizaciones sindicales y populares, con denuncias sobre  problemáticas sociales. Teníamos intereses por comprometernos con las causas sociales. 

Leonardo, por supuesto, tenía mucha más experiencia en el conocimiento de las situaciones socio-marginales de la urbe y su condición de estudiante de medicina, su experiencia e intereses científicos y políticos, le permitían análisis comprometidos y nos ayudaba con sus debates y criterios a comprender diferentes problemáticas que enfrentábamos en nuestra condición de “misioneros”.  Yo pertenecía, por aquellas calendas, a los grupos laicos con los que Monseñor Gerardo Valencia Cano, Obispo de Buenaventura y Monseñor Belarmino Correa Yepes, Vicario Apostólico de Mitú, querían apoyar la Obra Misionera en sus respectivas Diócesis y Vicariatos.  Estos obispos habían asumido compromisos políticos con la Teología de la Liberación y pertenecían, con muchos otros miembros de la Iglesia Católica, al Grupo denominado Golconda. Se evidenciaba en sus prédicas, algún reconocimiento por la validez del compromiso del Cura Camilo Torres, sin que ello les exigiera una militancia política en favor de los grupos armados. Simplemente predicaban a la luz de la Teología de la Liberación. Me había retirado del segundo año aprobado, de la Facultad de Trabajo Social de la Universidad Pontificia Bolivariana, para “optar por los más pobres”.

“El Hacha”

Entre nuestras labores misioneras  comprometidas con los pobres, teníamos una publicación semanal, impresa en mimeógrafo, que se denominaba “El Hacha” en la cual denunciábamos las injusticias sociales y opinábamos, muchas veces confrontando las realidades con algunos predicamentos de los Evangelios o de la Teología de la Liberación. Entre los dirigentes de la Obra Pastoral, se destacaban los sacerdotes Gustavo Yepes Correa párroco de San José del Guaviare, Jesús María Ortiz, quien era el cura en El Retorno, Benjamín Cardona Arango, cura de El Barrancón, poblado de unos 100 habitantes, indígenas guayaberos,  donde vivíamos compartiendo un rancho con Benjamín y Ángela Cardona Arango. Entre los seglares estábamos John Sierra Lopera, Ángela Cardona y yo. Varios de nosotros escribíamos los artículos para “El Hacha” y prontamente fuimos objeto de a la visión con criterios de justicia social, por parte de los médicos Leonardo Betancur  y Orlando Loaiza, Médico de Miraflores. Y más adelante, a partir de enero del 72, de la médica María Cecilia Alzate, esposa de Leonardo. Ellos contrajeron matrimonio en diciembre del 71 y ambos prestaron servicios profesionales en San José del Guaviare y en Puerto Inírida.

Ellos también nos enseñaron a corregir errores de escritura y nos indicaron la importancia de utilizar fuentes objetivas de información para que cada vez cimentáramos las opiniones con criterios diferentes a los de “la fe del carbonero” que básicamente conduce a posiciones sectarias. Con Leo, Cecilia y Orlando aprendimos a debatir con respeto y a buscar elementos de concertación con quienes piensan diferente. Ellos apreciaban valores en posiciones diferentes y nos ayudaron a entender y aceptar las divergencias. Por supuesto, nos abrieron panoramas luminosos sobre la concertación. Con sus frecuentes y pertinentes preguntas, nos enseñaron a indagar y nos ayudaron a cuestionar, no sólo a los individuos, entidades, valores con los que interactuábamos, sino, especialmente, a nuestros propios procederes y saberes.  La autocrítica era una de sus actitudes permanentes y fuente de enseñanzas frecuentes, desde las prácticas individuales y grupales.Según los debates, debíamos profundizar en los argumentos, en lugar de quedarnos en las prédicas de las verdades establecidas desde nuestra mera opinión y compromiso cristiano.Leonardo, prontamente, nos organizó en grupo de estudio y trabajo en el que podíamos conversar sobre las líneas editoriales de “El Hacha”.  Uno de los primeros resultados de estas críticas fue el cambio del cabezote del “periódico”.


Leo: Agricultor, protector de animales, laborioso en el mantenimiento físico del hospital y de los espacios en los que vivía, trabajaba, estudiaba y disfrutaba.

Leo fue un hombre ordenado, meticuloso, cuidadoso, limpio, respetuoso de los espacios de los demás y exigente en el orden y el mantenimiento, cuando compartíamos áreas de trabajo y debate, como eran, por ejemplo, las reducidas zonas que nos brindaban en la Casa Cural  de San José del Guaviare, para producir y reproducir “El Hacha”, en un mimeógrafo artesanal, a la luz de velas y lámparas de mechón a base de aceite y kerosene.

En este orden de ideas, Leonardo no solamente arreglaba su consultorio sino que también, con  Cecilia y Orlando, trataban de persuadir, desde el ejemplo, para que los otros funcionarios del Servicio de Salud mantuvieran las áreas  de atención a los pacientes en orden y aseo. Esta labor fue más difícil, pues no existía la disciplina del respeto hacia los indígenas y campesinos y poco se les reconocían como sujetos de derechos a la salud. Promovía y participaba en mingas o convites para la limpieza de los patios del hospital que prontamente fueron habilitados como espacios productores de algunas hortalizas. Tras las labores agrícolas que realizaba en los tiempos libres que le dejaban la atención de los pacientes y de las necesidades administrativas del Servicio, también se apersonaba de la crianza y cuidado de algunos animales domésticos y de la observación, atención y prevención de los peligros que traían los ofidios y los animales ponzoñosos. No escatimaba esfuerzos para controlar plagas de cucarachas, moscos y zancudos. No cejaba ante la vigilancia de todo tipo de piojos y, en general, de los insectos que afectan la salud.  Tanto como a las plantas, también cuidaba a los animales domésticos. Especialmente recuerdo su dedicación a la cría de conejos y al cuidado de perros, pollos, guacamayos y  hasta monos que habitaban los solares selváticos que entonces todavía eran frecuentes en San José del Guaviare.


Aprovechando recursos humanos…

A pocos días de su llegada a San José del Guaviare,  el Doctor Betancur promovió la idea de que yo fuera al Hospital San Antonio, ubicado en Villavicencio, para que, bajo la dirección del Doctor Aldemar Acosta, fuera entrenada en el reconocimiento y manejo de la TBC, epidemia que afectaba a muchos indígenas habitantes de las orillas del Río Guaviare. En ese entrenamiento nos enseñaron a tomar las muestras, aprendimos a hacer las baciloscopias en esputo, básicas para “diagnosticar” el grado de afectación individual de la enfermedad y a suministrar Myambutol y Tiamina. Me enseñó a inyectar cuando prescribía algunas inyecciones para los indígenas de Barrancón y siempre nos mantuvo alerta para que contribuyéramos con el control de los focos de diferentes infecciones.


Promotores de la atención en salud y del reconocimiento de saberes diferentes ancestrales


Leonardo, Cecilia y Orlando, fueron los primeros médicos en registrar estadísticas hospitalarias y de atención en salud, en El Vaupés. Ellos elaboraron el Primer Informe que presentó la Dirección de Salud de la Comisaría  Especial del Vaupés, ante el Ministerio de Salud, en Bogotá.  A partir de sus aportes, lograron que se reconociera, para el Vaupés, la necesidad de implementar programas de Ley, como la Atención Materno-Infantil, y los que estaban relacionados con vacunación, desparasitación y controles de plagas que ya se desarrollaba en otras entidades como el Servicio Seccional de Salud de Antioquia. De sus informes y propuestas se deriva la aplicación y ejecución de políticas de salud para todos los entonces denominados Territorios Nacionales.

En la segunda página de “El Hacha” del 10 de octubre de 1971, hay un registro que informa que el médico Leonardo Betancur estuvo prestando servicios en El Retorno durante 20 días, pero que la inexistencia de recursos instrumentales, locales y de droguería dificultó su ejercicio profesional. Después pasó a San José del Guaviare a remplazar al médico saliente del Servicio. Entre las limitantes del Hospital de San José se enlistan los deterioros físicos, la carencia de personal paramédico suficiente. Leonardo asumió la Dirección y emprendió, personalmente, obras de recuperación que iban desde la jardinería hasta la reconstrucción de techos, paredes, camas, botiquines.

Respetuoso de los  valores culturales, se preocupó por reconocer prácticas que se habían consolidado y tal como reconoció las posibilidades de  ayudar a la formación de las comadronas y el personal tradicional que atendía los partos y los primeros auxilios, así mismo nos enseñó a respetar y valorar las prácticas que tributaran al mejoramiento de la salud y al bienestar de los indígenas y campesinos. Sus recomendaciones frecuentes sobre el tratamiento del agua, las basuras, las excretas, los focos de zancudos y demás medidas preventivas, siempre estuvieron acompañadas  de su ejemplo y de demostraciones prácticas.

A fines de enero de 1972, yo salí de Barrancón, en el Guaviare y me fui a buscar nuevas experiencias en Berruecos, Nariño. En esa época murió Monseñor Gerardo Valencia Cano y busqué recursos para ir a Buenaventura, a las exequias. Entonces encontré parte de mi familia y me devolví con algunos amigos para Medellín. Comencé a estudiar sociología en la Autónoma y hacia julio volví a conectarme con Leonardo y Cecilia que ya tenían un consultorio en un barrio más o menos popular de Medellín.  Nos visitábamos poco, pero nos admirábamos y yo particularmente cobré más afecto hacia la familia, a partir del nacimiento de Ana María, su hija mayor.

Después, hacia 1974, yo me vinculé a la “Campaña de Bolchevización Libardo Mora Toro” y en ese emprendimiento que me llevó a Uraba´, conocí a Argelia y me re-encontré con José Obdulio Gaviria y con Gilberto, a quien afectuosamente le decía “mi hermano”. En este emprendimiento estuve más o menos sola, tratando de cultivar los predicamentos de la “Revolución cultural” de Mao-Tse-Tung y buscando razones para  defender los proyectos armados del EPL. No supe cómo, aunque sí  sé cuándo, se dio una reunión en Medellín, de la que salieron varias fracciones, entre ellas, La Tendencia Socialista Marxista Leninista. Argelia y José Obdulio que asistieron a esa II Conferencia del P.C de C. M-L. Desde Medellín, comentaron en qué situaciones estábamos los que quedamos en Urabá. La clandestinidad en la que vivíamos no me permitió conocer o reconocer a otros militantes.  En noviembre de 1974 fui retenida en La Maporita, al lado de otros simpatizantes de nuestra causa. 

Leonardo ya había preguntado por mí a mi familia y a otros amigos comunes. Nadie sabía dónde estaba yo y mi familia indagaba por mí a través de los amigos comunes en El Vaupés  y de mi hermana comprometida con ideas similares. Ella tampoco tenía cómo dar razones de mi existencia. Entiendo que Argelia le comentó a Leonardo dónde y cómo estaba yo.

De estas búsquedas comunes, nació la amistad y el reconocimiento entre mi mamá y Leonardo, ya que ella lo llamaba a consultarle, inicialmente sus dolencias físicas y a poco tiempo las de sus primas y amigas. Leonardo, por supuesto, las atendía y ellas lo veneraban.

En marzo del 75, Leonardo y Argelia me enviaron una carta con $500.oo y la recomendación de que volviera a Medellín a seguir estudiando. Leonardo me propició la atención odontológica y oftalmológica que requería. Así reingresé a la Autónoma y renuncié a todo tipo de militancias.  Ni siquiera, a instancias de José Obdulio, quise participar en FIRMES, aunque sí estuve activa en la campaña electoral de apoyo a Socorro Ramírez, pero solamente por unos meses.

Desde  esta situación me vinculé a “La Pulguita”  como jardinera infantil y, por supuesto, volví a contactarme con Leonardo y Cecilia, ya a través de otros vínculos familiares, cuales eran la atención a Ana María y a David Alonso y el afecto que me ligaba a ellos.Yo ya vivía con las hermanas Londoño Vélez cuando nos sucedió lo más doloroso: Detuvieron a Leonardo y a Cecilia, en una madrugada, creo que de septiembre, del 79… ¡Era consecuencia del Estatuto de Seguridad de Turbay Ayala! Pude volver a ver ocasionalmente a Ana María, David Alonso y a Alejo. Lloramos nuestras lágrimas. 

El regalo más grande que recibí de Leonardo y Cecilia, fue su permiso para que Ana María, en compañía de su prima Gloria y de nuestra común amiguita de la época, Claudia Beatriz Cardona, me visitaran en unas cortas vacaciones en la Isla de San Andrés. Fue un año antes de que asesinaran a Leo.


Fuentes:
Además de la misma vida compartida, pude consultar diferentes fuentes de información a través de Internet.

Loaiza Ramírez,Orlando. Médico Otorrinolaringólogo.  Leonardo Betancur Taborda: Semblanza. Un defensor de la Salud Pública.
Visitado el 1 de marzo de 2014 EN:
 http://asmedasantioquia.org/momento_medico/edicion_79/leonardo_betancur.htm

Loaiza Ramírez, Orlando. 2012. El Legado de Leonardo Betancur Taborda (1946. 1987) EN:  Agenda Cultural Alma Mater. Universidad  de Antioquia. No. 190. Agosto de 2012.  ISBN 0124-0854. Visitado el 2 de marzo del 2014 EN:



Franco Agudelo Saúl .Dos salubristas y universitarios esenciales: Héctor Abad Gómez y Leonardo Betancur. EN: Agenda Cultural. Alma Mater. Universidad de Antioquia.
ISBN 0124-0854. No. 135. Agosto del 2007.

http://aprendeenlinea.udea.edu.co/revistas/index.php/almamater/article/viewFile/13924/12332


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